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Furia inclasificada
Han venido unos hombres, me han pedido que les acompañe y lo he hecho. En el coche me han tapado los ojos, me han dormido y no me he negado a nada, soy un perro sin dueño, no tengo nada que ladrar ni discutir. Cuando he despertado seguía teniendo los ojos tapados y, aunque estaba libre y desatado, no me he quitado la venda. Estoy cansado y pensé que si querían misterio yo no iba a hacer nada por oponerme, cualquier cosa es una aventura comparada con mi vida diaria. Al cabo de diez minutos, una voz de hombre mayor, una voz cansada como yo, ha comenzado a hablarme. He asentido todo el tiempo, porque entre mis ojos y mi venda hacía un día soleado, y mi oídos tapados recreaban el trino de los pájaros al amanecer. La falta de futuro me tenía narcotizado. Era, como se suele decir, un hombre sin nada que perder.
Me ha hablado de las llaves que abren las puertas del mundo, de los elegidos, de verdades mayúsculas. Cuando le he preguntado qué tenía que ver yo con ese asunto me ha respondido que Todo. Me ha dicho que él hizo que mis padres se conocieran porque sabía que de esa unión iba a nacer yo y que algún día estaríamos como ahora, en este acto de entrega de llaves planetaria, donde se supone que me tengo que hacer cargo de un montón de cosas que no entiendo: sociedades secretas, religiones, política, economías-pantalla y fiestas populares. No he entendido casi nada, pero por lo que se ve soy el Gran Sucesor. Cuando salgo de la casa, con los ojos aún tapados, estoy pensando en el sandwich de gasolinera que tengo en el frigorífico y que caduca hoy. Es de cangrejo con mayonesa, mi preferido, y me tiene más inquieto que el hecho de que un tío al que ni siquiera he visto me acabe de entregar las llaves del Mundo. Ahora me llevan vete tú a saber dónde. Cuando llegamos estoy en una mansión que dicen que es mía y vagando por la casa llego a la cocina, abro la nevera y encuentro mi sandwich. Me lo como con los pies metidos en la piscina con forma de hígado perjudicado. Por segunda vez en un día, soy feliz. Al día siguiente no veo a nadie. Ni al siguiente, ni al otro. Se ve que el mundo no necesita sucesores ni amos de llaves. No me preocupa demasiado. Llamo a mi madre y le comento que ahora mando yo, pero me tiene que colgar porque está poniendo una lavadora. Al cuarto día me llama un tipo y me dice que es el traductor de un Presidente, que necesitan unos misiles para no sé qué. Me aburre un montón y como no sé qué decirle, le cuelgo. Luego me llaman de bancos, que si corporaciones amigas, que si sociedades participadas, que si terror contra terror. Ni puñetera idea. Me llama el responsable de un sindicato mayoritario de un país que no sé ni dónde está y al rato el coordinador de la patronal del mismo país. Les digo que ahora les llamo, que tengo una reunión con una plataforma de cangrejos con mayonesa. Soy el dios terrenal de un mundo loco. Ahora hasta los pastores son ovejas para mí. Hay muchos pobres en la puerta de mi Villa Imperial, y yo me pongo detrás de la valla, con las manos en los bolsillos del chándal, para observar cómo los hombres de mi ejército dispersan a la multitud. Me sigue sonando el móvil y a veces lo cojo, sobre todo cuando estoy sentado en el borde de la piscina con los pies metidos en el agua. Descuelgo el teléfono y lo dejo a un lado mientras escucho cómo habla quien sea, comiéndome un sandwich de cangrejo. He de confesar que me sigo poniendo la venda en los ojos cuando empieza a anochecer, así nunca se me pone el sol. Allá a lo lejos, junto al malecón, pasa un barquito viejo bajo un cielo anaranjado. Y otra vez soy feliz. Escuchando: Garabatos (Josele Santiago) "Así son las cosas si así te parecen" |
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