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Furia inclasificada
España está dentro del grupo de las monarquías parlamentarias desde hace 30 años, tras aprobarse en referéndum la constitución el 6 de diciembre de 1978 previamente aprobada por abrumadora mayoría en el Parlamento. Se daba salida a la situación de incertidumbre sobre el futuro que se produjo tras la muerte de Franco, con colaboración de todas las fuerzas políticas en la transición de un régimen a otro. En la actualidad, hay grupos que discuten con diversos argumentos la idoneidad de la monarquía parlamentaria en España. Quienes afirman que el principio hereditario es enemigo del desarrollo de un país moderno y dinámico quizás deberían volver la vista hacia Gran Bretaña, Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca o Japón. Las monarquías de cada una de esas naciones funcionan de formas diferentes, reflejando sus respectivas historias y características nacionales. Sin embargo, nadie puede sugerir seriamente que la monarquía haya socavado el progresivo desarrollo económico o político de esas naciones. Más bien lo contrario, si tenemos en cuenta la prosperidad de esos países. El hecho es que la monarquía parlamentaria presenta una serie de puntos a favor. El primer punto fuerte de la monarquía constitucional es que representa la unidad de la nación en un rango superior al de la política y está dotada de una capacidad única para unificar al país, especialmente cuando atraviesa por tiempos difíciles. Un monarca constitucional proporciona a un país, por encima de todo, una sensación colectiva de sí mismo. El monarca encarna los valores y creencias eternos de una nación, sin la parcialidad de un partido político concreto o un determinado sector de la población. Los reyes representan a toda la nación, a todo el pueblo, con independencia de su clase social, credo religioso o filiación política. A mi modo de ver, ahí es donde reside la invulnerable fortaleza de la monarquía. Los monarcas reinan por encima y más allá del debate político, son una figura emblemática capaz de ofrecer al pueblo un símbolo de unidad nacional que representa los valores de un país ante el mundo exterior. Ni con toda la voluntad del mundo puede un presidente electo desempeñar esa función exactamente de la misma manera. Los presidentes dependen de los caprichos efímeros y las afinidades políticas de las sucesivas generaciones. Incluso, pueden depender de los votos de un número relativamente reducido de políticos electos si el sistema exige un voto parlamentario en lugar del voto del conjunto de la nación. La primera afinidad de un monarca es con su pueblo, con todos sus súbditos, no con un determinado partido político o sección del electorado. Los monarcas no dependen del mecenazgo político ni dispensan ese mecenazgo.El segundo gran punto fuerte de la monarquía constitucional es la estabilidad política. Si una nación tiene estabilidad política, es capaz de sobreponerse a casi cualquier cosa. Sin lugar a dudas, se trata de un poderoso activo para cualquier nación, viviendo, como vivimos, en un mundo de peligros y riesgos. La estabilidad política es algo que muchos europeos occidentales damos por hecho. No obstante, hemos de ocuparnos de alimentarla. Quienes defienden el enorme cambio constitucional, con bastante frecuencia tienen un interés y una agenda política estrechos de miras. Quienes creemos en el valor inherente de la monarquía estable también somos conscientes de la estabilidad que aporta en forma de bienestar económico de una nación. Cuando un país tiene estabilidad política con un monarca constitucional, la percepción de ese país en el extranjero es buena, lo cual no sólo resulta valioso desde el punto de vista de las relaciones fundamentales, sino que se trata de un incentivo fundamental para inversores extranjeros que deben decidir dónde invertir su dinero y experiencia.El tercer gran punto fuerte de la monarquía, en especial para quienes vivimos en España, es la sensación de continuidad y sabiduría acumulada que un monarca personifica. Juan Carlos ha sido testigo de la transformación de España y del mundo desde su toma de posesión. Ha tratado con todo tipo de dirigentes de tú a tú, ha establecido relaciones cordiales con muchos de ellos, en forma personal, lo cual supone una gran ventaja a la hora de resolver posibles conflictos antes de que vayan a más, abre una posibilidad diplomática nada desdeñable y reduce el efecto de políticas exteriores equivocadas, al tiempo que defiende la democracia española dentro y fuera de España. El conocimiento previo del sucesor permite su preparación e introducción paulatina en los entresijos de la política mundial, heredando, además del cargo, los conocimientos y contactos imprescindibles para moverse en el mundo de las naciones. En líneas generales, resulta poco probable que los presidentes electos sean hombres o mujeres corrientes de la calle. Resulta más probable que sean políticos y, en el caso de España, que pertenezcan a uno de los dos grandes partidos, el PP o el PSOE, dada su mayor maquinaria propagandística y militancia. Hemos sido testigos de enfrentamientos en Repúblicas entre el Presidente de la República y el Jefe del Gobierno, llegando a crear auténticos problemas de gobernabilidad. El político Jefe del Estado requiere una organización propia independiente del resto cuyo único objetivo es mantenerle en el cargo y defenderle de los ataques de sus adversarios polñiticos. La gran ventaja de un monarca es que está por encima de todas las diferencias de clase social y económica. Su único interés es el bienestar del reino y su pueblo, no de una parte concreta de la sociedad. El monarca está, por definición, por encima de la clase y la posición social. Ese es un aspecto esencial de la monarquía constitucional, un aspecto que quienes vivimos en un sistema monárquico deberíamos mimar. Hubo una ocasión en que Margaret Thatcher resumió las inestimables ventajas de la monarquía con las palabras siguientes: ”Quienes imaginan que un político sería mejor figura emblemática que un monarca hereditario quizás debería conocer a más políticos”. No todas las instituciones en una democracia se rigen ni se deben regir por el principio de la elección. Los cargos administrativos, diplomáticos, militares, universitarios, judiciales, se rigen por un escalafón claramente definido, requieren una preparación técnica imprescindible para ser ejercidos adecuadamente y responden a un reconocimiento de méritos. En España, el Rey es el máximo cargo en algunos de estos cuerpos técnicos; por ese motivo es el mando supremo de las Fuerzas Armadas, es quien ratifica las leyes y nombramientos, y el diplomático de más alto rango que requiere el dominio del protocolo, fluidez en varios idiomas, y que le lleva a haber recorrido, solamente en dos mil siete, más de treinta países y doscientos mil kilómetros en aras de obtener todo tipo de beneficios políticos. En las repúblicas que funcionan bien se han arbitrado diferentes soluciones para ello, generalmente creando cargos a propósito para ello, pero todos esos cargos deben ser ejercidos por alguien en una democracia. En la monarquía constitucional española el Rey es además el Jefe de la Diplomacia y el Mando supremo de las Fuerzas Armadas. Ambos son cargos técnicos, que requieren una preparación especializada. Que un país pase de la monarquía a una república presidencial no es un paso desdeñable. Quienes deben demostrar la pertinencia de un cambio tan fundamental son quienes abogan por él. Deben demostrar sin ninguna duda razonable que la monarquía es nociva y, al mismo tiempo, que una alternativa republicana ofrece un sistema de gobierno mejorado. El extraordinario e impresionante progreso de España durante los treinta últimos años es algo que muchos británicos admiran. Los avances políticos y económicos alcanzados están a la vista de todos. Hoy en día, España se alza como uno de los principales países de la UE, la OTAN y las Naciones Unidas. Cuando España habla, los demás escuchan. Como observador objetivo pero, con todo, admirador de lo que España ha conseguido en los últimos tiempos, sólo puedo decir que continúen en su empeño. Europa ve a España como un aliado sólido y estable, y como una nación que ha conseguido enormes avances económicos. Fundamental para el desarrollo de España y fundamental para la continuidad de la prosperidad de mi propio país, el Reino Unido, es la percepción de estabilidad. Los políticos van y vienen. Los partidos políticos ganan y pierden. Las modas políticas cambian. Sin embargo, la monarquía constitucional sigue siendo un símbolo sólido y perdurable de la determinación de un país de conservar lo mejor de sí mismo, al tiempo que facilita un cambio pacífico y cuidadoso para adaptarse a las necesidades del mundo moderno. En la monarquía tenemos el mejor de todos los mundos posibles. Creo que la justificación de una monarquía constitucional es, hoy en día, más sólida de lo que jamás haya sido. |
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