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Sociedad
Ayer me tocó ir al médico de cabecera. Y sinceramente, lo mejor mientras se espera el turno es ajustarse bien los cascos y ponerse la música del walkman a toda leche para no escuchar. Pero el caso es que tengo por costumbre sentarme y pegar el oidillo para coscarme por el número que van, quién va antes que yo, etc., y no puedo evitar la sarta de gilipolleces y despropósitos del personal. El caso es que nada mas llegar tuve la feliz idea de preguntarle a una señora mayor (¿quién no es mayor en la consulta del médico de cabecera?) qué número había entrado. Mala suerte. Empezó a contarme toda su vida y bla bla y bla bla, y que el doctor estaba de vacaciones y que lo sustituía una doctora. “Muy simpática”, me dijo, “pero la mujer es extranjera y no te escucha”. A todo esto yo asintiendo con la cabeza, y por dentro deseando que se callara, pero pobre mujer, a esa edad, tan sola, sin nadie que la escuche… Y de pronto a la tía empezó a soltarme un rollo de que si “nosotros queremos doctores extranjeros” que si patatín que si patatán. Total, que vi el cielo abierto y le dije “señora, esto funciona por oposiciones, y esa mujer le ha ganado la plaza a algún médico español, así que es lo que hay”. La verdad es que no tengo ni puta idea de cómo funciona el tema, pero mano de santo el corte, oye: se calló y se largó (luego me dio un poco de cargo de conciencia, la verdad).
Preludio al segundo round. Si pegas la oreja un poco, como decía, se escucha de todo, y sucede un hecho que me resulta muy curioso: ¡todo el mundo se conoce en la consulta! “¿Qué tal, que haces tu por aquí?””¡Hombre, Fulanito, ¿qué, cómo estás de lo tuyo?”. Hay que joderse… Segundo round: Entra un señor y pregunta el número que tienen unos cuantos viejos que hay sentados al lado de la puerta de la consulta. Yo el dieciséis, yo el dieciocho. Coge el colega y se sienta al lado de la puerta. Yo tengo el veintiuno, dice. Pero no pregunta nada más a nadie. Yo, como tenía el veinte, cuando entra la señora del diecinueve, me levanto y me pongo junto a la puerta. Veo como el tío este se levanta a la vez y se pone al lado mío. Y me pregunta muy puesto “¿Qué número tienes?”. Le digo que el veinte, y el colega, muy ofendido, comienza a sentarse diciendo que si “no podía haber dicho nada antes”. Claro, ahí ya me termina de tocar los cojones, y le digo “Yo no tengo porqué decirle nada a usted, además, ha preguntado usted quien iba antes?”. Que le jodan, te ven así jovencillo (ejem, reconozco que cuando no tengo barba puedo dar el pego) y se piensan que te pueden bacilar, y no hay cosa que me toque mas la polla. El hombre se empieza a reír y se calla. No hay nada mejor para hacer callar a un viejo que pegarle un corte con educación. Se descolocan de la hostia. Tercer round: Estoy en la puerta esperando a entrar, y me llega un pureta mas listo que el hambre, calvete, repeinaillo patrás, con pantalones de pinza y una rebeca atada al cuello con el mismo número que yo. Me dice el menda: “¡Anda, tienes el mismo número que yo. Tendré que bajar a ver que pasa con el número”. Je, que listo el colega. Pero lo que ya me termino de matar fue que me mira una mujer que había allí y me dice: “¿No te habrás equivocado tú de número?”. “No señora, llevo viniendo aquí toda mi vida”. Hostias, que es el puto médico de cabecera, cómo me voy a equivocar de médico. Será gilipollas la tía. No se podía haber equivocado el puto pijo desfasao ese, si no yo, el jovencillo, con mis walkmans, mis pulseras y mis pantalones de campana de pana y mi cadena. La puta madre que parió a la señora. Me dieron unas ganas de pegarle una voz (por no pegarle otra cosa)a la tía que no veas. Putas consultas del médico de cabecera… |
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