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Televisión
Son los nuevos jueces de esta época superflua. Los incorruptos ostentadores de una nueva moral, poco ortodoxa, totalmente implacable, pero sobre todo, muy demagógica.
Cuando al principio les veía sentados en sus tribunas, que indulgentemente camuflaron bajo sofás y situaron a ras de suelo, al mismo nivel que la plebe juzgada, me quedaba estupefacto ante la más profunda desvergüenza que esgrimían como arma de autenticidad. Luego pase a la consternación por el devenir de este invento maligno y malicioso. Pero ya cuando el delirio rosa supero todo límite establecido, la vergüenza ajena fue sustituida por el más sincero desprecio por esta calaña pseudoperiodística de lo rosa y lo almibarado, con sutiles toques de aguarrás. Ponía la 3 el otro día, viernes noche, y una señora magistrada le increpaba a un gigoló sexagenario padre de torero, diciéndole, ¿nos puedes decir de qué vives ahora? A ti que te importa zorra, le grité como si me pudiera oir. Claro, que el otro tonto respondía entrecortado, resignado y temeroso a la vez, en vez de sentirse ofendido o mostrar una pizca de orgullo. Seguramente que, como todos, lo perdió en el mismo sitio donde encontró un buen fajo de billetes. Una buena suma por olvidarte durante unos minutos de lo que es el amor propio, le debieron decir. Y claro, una vez que el tipo acepta despojarse de la dignidad que se le supone inherente, los juris(poco)prudentes tiene ya licencia para matar, sentenciar, o para humillar, que es peor. Malditos ignorantes. Son el máximo exponente de la hipocresía. Antes de señalar con el dedo, antes de juzgar, antes de reprender y amonestar a quienquiera que sea ante un público, es necesario haberse mirado a uno mismo, es necesario reconocer errores y miserias, y una vez echo esto, solo el que tenga la suficiente autoridad moral se puede permitir aquello. Y si no, hay que atenerse a ser juzgados de la misma forma que se juzgo. Seguro que solo unos pocos quedarían absueltos, pero claro, ellos son más listos, y de entre tanta escoria televisiva, pocos o ninguno soportarían el escarnio público al que sometieron a tantos infelices. |
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