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Personal | Sociedad
Hay gitanos malos. Buenos. Indecentes. Decentes. Ignorantes. Gitanos de amplia cultura. Racistas. Gitanos de corazón sin razas. Hay gitanos que bailan y cantan con luces del alma. Hay gitanos acreedores de una moral social que sólo ellos conocen. Profesionales en su trabajo. Gitanos que matan. Gitanos que aman y son amados. Gitanos que adoran a sus dioses. Gitanos que no adoran a nadie. Hay gitanos y gitanas que embellecen nuestra cultura con la calidez de sus leyendas. Hay gitanos que hacen que la convivencia con ellos se transforme en una desagradable sensación de impotencia y temor. Lo que me pasó ocurrió hace una semana. Y trata sobre los gitanos de esta última categoría, aclarando que no son todos, ya que eso me dañaría pensarlo o decirlo, o no aclararlo suficientemente, por aquellos otros gitanos que están etiquetadas por la mala fama de unos cuantos o de unos muchos pero que no son todos y que no se merecen los estigmas de las generalizaciones.
Hay una familia de gitanos que vive junto a la casa de mis padres. Está compuesta por los padres jóvenes todavía y varios hijos entre adolescentes y pequeños. Se dedican a la venta de verduras. Tienen 2 furgonetas bastante grandes y un coche y un carro y el coche del yerno de una hija que está casada y una montaña de cajas de plástico de verduras. Una de las particulares costumbres que tienen es ocupar la zona de aparcamientos de la calle con cajas de verduras cuando se van a vender. De esta manera se apropian del espacio hasta que regresen. En esta y muchas otras ocasiones cuando llego me bajo del coche, aparto las cajas y aparco. Ya recibí un “consejo” un día de parte de una de las hijas. No hice caso. El domingo pasado llegué y aparqué mi coche previa retirada de las cajitas de verduras. Por la tarde sobre la hora de la siesta oí a mi madre gritar y salir a la calle corriendo. Sucedió que un niñato estaba golpeando mi coche con una barra de hierro. Salimos a la calle y el padre gitano estaba asomado a la ventana fumando, me dió explicaciones de que él no sabía nada y que estaba dentro en el momento de los hechos, sin pedirle explicaciones por cierto. Llamé a la policía nacional que llegó en 10 minutos y le conté lo que ocurrió mientras el padre gitano seguía en la ventana controlando. Uno de los policías armó una pelotera gorda diciendo que si volvía a ocurrir iban a cambiar muchas cosas por allí y que los llamara inmediatamente ante cualquier suceso. Apareció otra patrulla más y aquello se llenó de cuñados y sobrinos gitanos que apelaban por su inocencia. Yo no acusé a nadie pero ellos se dieron por aludidos. Lo que sí es cierto que mi coche se llevó unos buenos porrazos que si no llega a ser por mi madre que casualmente se dió cuenta me dejan el coche hecho un desastre. Ahora mismo no tengo miedo. No les demuestro miedo. Cuando llego a casa de mis padres les veo a los gitanos en la calle como si fueran una tribu, en pijama y descalzos, comiendo gambas y dejando toda clase de basuras a su alrededor, todo esto hasta las tantas de la noche si hace falta, que ahora que llega el verano es habitual. Amenazan con quemar el bloque de pisos, con denunciar a tal o a cual por racistas y no sé cuantas cosas más. Seguiría describiendo sus costumbres anti-payas pero creo que ya daría para unas cuantas bitákoras más. La conclusión es que siguen poniendo las cajas en la calle para aparcar a pesar del aviso policial, pero en esta ocasión ya no les hace falta, porque sencillamente, delante de su puerta yo no aparco más y la gente que sí escarmienta en cabeza ajena, tampoco. Así están las cosas. Ah! por los que puedan pensar que si esto hubiera ocurrido con "payos" no lo hubiera contado: Sí lo hubiera contado. Pero da la casualidad que son ellos, gitanos de barrio de la última clasificación. |
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