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Furia inclasificada
Hace poco escuché no sé dónde que el diablo está en los detalles. Voy a contar la historia de Marga, 50 kilos, cubeta, ensabanada, a quien todos toreaban y para la que el mundo era la peor plaza del Mundo. Ella pensaba que era una inadaptada social, pero nada de eso. Tan solo era sensible. Y tenía muy mala suerte, que es bastante peor que no tener buena. El caso es que Salai, su diablillo cojuelo particular, no la dejaba ni a sombra ni a penumbra. A continuación, un día en la vida de Marga:
A las 22:17 se fue la luz, así que tuvo que cenar frio porque la vitro se puso en plan cerámica, inútil para cocinar. Gracias a Murphy, las pilas de la linterna estaban agotadas y solo tenia un mechero que tardó quince minutos en encontrar y que, huelga decirlo, no tenía gas. Se hizo un triste bocadillo sin saber lo que le puso, porque la luz de la nevera tampoco funcionaba. Luego pensó en el móvil, eunokia! y utilizándolo de improvisada linterna, vagó con él por la casa durante treinta minutos. Si la hubiéramos visto por webcam hubiéramos dicho que se trataba de una mezcla entre una loca, un fantasma y una caca (hembra del caco). Se hizo la luz por Sevillana. Se hizo la luz por la mañana. Llegó tarde al trabajo porque de madrugada, mientras soñaba que daba positivo en un test de alcoholemia, se fue otra vez, dejándole el despertador en 00:00. Así que fue al baño y descubrió que no había papel justo cuando había acabado. Se cagó en todo, de palabra y obra. Se metió en la ducha y se dió cuenta al salir que no había cogido la toalla. Se cagó en todo, de pensamiento. Cogió el coche y se acordó que tenía que haber echado gasolina el dia anterior. Ahhhh!. Se cagó en todo, por su omisión y ya por inercia. De camino al trabajo pilló caravana y los de atrás no hacían más que pegársele continuamente o pitarle en los semáforos en cuanto saltaba la luz verde. Eso la reventaba. Cuando salió del coche un pájaro dejó caer su carga sobre el objetivo y acertó de lleno. Entró en la oficina. Al rato llegó su jefe en plan baboso y como ella no diera coba, él deja el expediente sobre la mesa y le dice antes de salir: "ayer ví El sexto sentido. Muy buena, nadie diría que al final él está muerto". Qué cabrón. Sabía lo que a ella le molestaba que le contaran el final de un libro o una película. Sale del trabajo, pero no del todo, porque se lleva parte a casa. Se va una hora antes porque tiene que arreglar unos papeles. Después de mandarla de ventanilla en ventanilla, justo cuando le toca, en ese momento justo (o, mejor dicho, exacto), le chapan el chiringuito y la citan para mañana a las ocho. Tócate el chichi. Va a salir del edificio, pero justo en ese momento se pone a llover y alguien entra en él para refugiarse. Es Elvis Presley, en persona. Saca la cámara para inmortalizar ese momento irrepetible, pero ¡mierda!, tiene la batería descargada. Lo intenta de nuevo, pero no hay manera. Cuando encuentra en su bolso la batería de reserva, él ha desaparecido. Ha escampado. Sube al coche y descubre que le ha entrado agua por la rendija de la puerta que unos gamberros le descuadraron el otro día. Ella sospecha que son los mismos niñatos que arman tanto escándalo bajo su balcón. Por su culpa, nunca logra concentrarse cuando lee. Putos adolescentes. Aparca el coche y abolla el parachoques con la bola de remolque de un todoterreno. Cuando va llegando al portal, Salai, el diablillo cojuelo, echa una jarra de agua por el canalón que está justo encima de ella. El agua está helada y le empapa la ropa y las gafas. Crispada, entra en la casa, coge una muda, coge una toalla, se mete en la ducha y un chorro de agua fría le da la bienvenida: se ha acabado la bombona. Marga sale llorando y decide que por ese día ya está bien. Decide acostarse y comerse una bolsa de frutos secos en la cama, una de esas de revueltos. La abre y ve que casi todo son avellanas. "¿Por qué hay tantas avellanas?. Esto no es democrático. ¿Dónde están los kikos?. ¡Yo odio las avellanas!... ¡YO NO QUIERO AVELLANAS!, ¡SOLO QUIERO UNOS PUTOS KIKOS!". Lanza el paquete contra el suelo y se desparrama todo por la habitación. Arriba se oye llorar a un bebé. Una ventana se abre y el vecino le grita "¡Cállate loca, que despiertas a Paulito!. En un rincón, Salai, el diablillo cojuelo, se parte el pecho de la risa. "Pues mañana prepárate, porque cuando te levantes te vas a hacer un esguince pisando un kiko". PD: Hay un montón de cosas pequeñas que dan rabia. Aquí solo digo algunas en forma de historieta, pero seguro que vosotros tenéis muchas más. PD: Por cierto, este relato es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es una putada. "Así son las cosas si así te parecen" |
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